Música

Intentando hallar paz dentro de mí, he buscado algo de música para entrar en mi alma.

Me dejo llevar por la melodía, que me embriaga y posee, meciéndome con cariño, me dejo llevar. Siento cada nota, cada sonido, el músico y yo somos uno.

Los vellos comienzan a erizarse, siento un escalofrío por todo mi interior. Algo quiere salir. De pronto, brotan hacia el exterior las lágrimas que contenía, sintiendo una paz y libertad absolutas.

La magia de la música, que te conecta con tu esencia, con tu alma. La mejor manera de viajar hacia el interior, hacia la realización.

La música, tu mejor instrumento para la meditación.

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Descanso

Tras una noche alegre y divertida,
con risas y amigos,
reposo sobre el sofá de casa
con el ordenador en el regazo, disfrutando de un poco de soledad.

Enfrentado a dos grandes ventanas,
cubiertas por unas pálidas cortinas,
se filtran tímidamente los rayos de luz
que calientan mi estancia.

Con este maravilloso ambiente
acompañado de buena música flamenca,
descanso plácidamente con una sonrisa.
En contacto conmigo mismo, en paz,
un agradable descanso.

FLUIR

FLUIR

Por fin fluyo.
Qué agradable fluir por fin.
Qué agradable que la vida te sorprenda,
que te dejes llevar y no pretendas controlarlo todo.

Qué agradable encontrarme conmigo, con mi ser.
Es genial volver a ser yo, volver a quién soy, a lo que soy.
Volver a sentir esa paz, esa sensación de que todo está bien.
Esa sensación de que, siendo yo, todo es perfecto. Que,
puede pasar lo que pase, pero estoy alineado con mi ser,
con mi autenticidad, mi luz.

Me perdí por el camino, en un mar de fantasmas que me confundían.
Me perdí por el camino. Pero, de repente, vi la luz.
Se disiparon todas esas dichosas distracciones.
Se disiparon y, mirándome fijamente y sonriéndome, ahí estaba yo.

Volví para no más partir, volví para quedarme. Mi hogar.

Volví para ser yo.

 

EL TRIUNFO DE SER UNO MISMO

EL TRIUNFO DE SER UNO MISMO

Después de un período de tiempo, a mi juicio, demasiado largo (pero necesario), me siento plenamente yo mismo. Y es que, amigo mío, eso es algo muy complicado hoy en día.

Las relaciones sociales con los que te rodean, las comparaciones odiosas, las frustraciones y traiciones a tu verdadero yo…. Oh…qué bonito ser por fin yo mismo.

Parece tremendamente sencillo, pero nada más lejos de la realidad. Hacer lo que sientas, no hacer lo que no sientas, decir lo que sientas, no decir lo que no sientas. Cuando consigues llegar a ese punto, como por arte de magia, todo fluye. Fluyes con la vida y con tu entorno, sacas a relucir la luz que llevas dentro y que tanto te empeñabas en esconder. Lo notas, ves que todo sale de maravilla, y es que estás alineado con tu esencia.

Cuando llegas a este punto, no te importa lo que ocurra, no te importa lo que opinen, lo que digan, lo que piensen. Simplemente, te dejas llevar, desplegando las velas y dejando que el viento te lleve hacia donde te tengas que dirigir.

Menos pensar, más fluir. Cuando racionalizamos en exceso o pensamos más de la cuenta algo que nos sale de dentro por los condicionamientos culturales, sociales y demás; no fluimos, puesto que sacrificamos nuestra esencia con tal de encajar en esta sociedad.

Fluye y sigue a tu corazón, sé auténtico y todo irá sobre ruedas. Serás más feliz y, en consecuencia, contagiarás de una hermosa energía a aquellos que te rodean (te lo agradecerán).

La aceptación es un paso primordial en este proceso, puesto que sin ella es imposible que se materialice. Acéptate, con tus virtudes y defectos, no te compares. Cada cual es único, incomparable. Cada cual tiene su propio camino, distinto al de los demás, con un significado diferente, incomparable. No esperes que te ocurra lo mismo que a quien esté a tu lado, no te tiene por qué ocurrir. Todo lo que tenga que ocurrir, ocurrirá cuando seas tú y solo tú. Porque, entonces, estarás en tu propio camino. Y no en el del otro, porque como seres humanos tenemos esa dichosa manía. Pretendemos transitar un camino que no es el nuestro, porque creemos que es mejor que el que nos ha sido dado, a pesar de que el dueño de ese camino por el que nos gustaría aventurarnos esté insatisfecho con lo que le ha tocado.

Hoy en día es complicado, pero es posible brillar con la luz propia que todos alojamos en nuestro corazón.

No ser tú siempre es un fracaso.

Opta por ser auténtico.

EL DÍA QUE DESPERTÉ

EL DÍA QUE DESPERTÉ

Hasta hace un momento, estaba viendo la película ‘El cambio’, de Wayne Dyer, uno de los padres del desarrollo personal. La magia que contiene su mensaje, estaba conectando con mi interior y me hacía experimentar una paz maravillosa. En un instante, hablaba sobre un hecho que cambió su forma de relacionarse consigo mismo, un hecho que supuso un punto de inflexión en su vida. Una especie de despertar, en el que sintió una intensa energía en su interior contactando con el ambiente. Sentía una grandeza difícil de explicar.

Esto me ha llevado hasta aquí, hasta este nuevo post, que ha nacido de esa escena de la película. Recuerdo cuando, hace poco más de un año, decidí salir de casa un verano alrededor de las 4 de la tarde. Sí, muy mala idea a priori, pero después de lo que me ocurrió, sin duda, fue de los mejores impulsos que he materializado en mi vida.

Era una de las pocas veces que salía solo, sin nadie, conmigo mismo. No estaba acostumbrado. Siempre quería rodearme de gente, sentía que salir sólo era algo muy raro y me causaba incomodidad. Pero ese día, no sé por qué, tomé esa decisión.

Decidí espontáneamente entrar en el Real Alcázar. No había cola. Me extrañaba, siempre había gente esperando para entrar. Cuando reparé en la hora que era,

Una vez dentro, me dirigí a los jardines. Estaban vacíos. Yo, que nunca salía a dar paseos solo, un día de verano a las 4 de la tarde, sin saber muy bien por qué me encontraba allí, había decidido tras un instinto ir hacia este lugar, con la naturaleza rodeándome.

No sentía mucho calor, sin embargo. En ese lugar, tan resguardado con esas enormes murallas, con tanta vegetación y zonas de sombra, se estaba muy a gusto. Comencé a andar por los caminos que estaban dibujados sobre el suelo, entre los mares de césped que los rodeaban, milimétricamente cuidados. Corría, incluso, una leve pero agradable brisa, algo fresca, que me rodeaba y refrescaba. A su vez, los resquicios de las murallas dejaban penetrar algunos rayos de sol, que se proyectaban sobre el camino. Parecía que me estaban guiando por los jardines. También, éstos, me daban en la cara y calentaban mis mejillas. Era una sensación realmente placentera. Mi mente rebosaba quietud, se zambullía en el momento presente.

Fue entonces cuando, sin esperarlo, ocurrió algo muy poderoso dentro de mí, algo que no había experimentado antes. Sentí una felicidad que jamás había sentido. Parecía como si me hubiesen dado una potentísima descarga, un chute de energía. Estaba feliz, estaba muy a gusto. Yo, solo, disfrutando conmigo mismo. La intensidad de esa emoción era tal que, con un asfixiante nudo en la garganta, pude contener las lágrimas, las cuales estaban deseando salir de su escondite y caer a lo largo de mis mejillas. Me vino a la cabeza un pensamiento que me sorprendió bastante: me dio igual todo. Me daba igual el dinero, los estudios, lo que lastraba mi interior. Sentí una pureza y una dicha increíbles.

Fue entonces cuando tomé consciencia de que había hecho muy bien en salir de casa, haciendo caso a mis impulsos. Ese día cambió mi vida y la relación que había entre mi ser y el entorno.

Tras esa inolvidable experiencia, me dispuse a finalizar la aventura y a salir de aquel lugar celestial.

Entré siendo una persona, y salí siendo otra.

Allí, aquel día, en aquel lugar.

Allí, donde tuvo lugar Mi Despertar.

 

LA FELICIDAD Y NUESTRO SER

LA FELICIDAD Y NUESTRO SER

La vida, para muchos, es una búsqueda continua hacia la Felicidad. En nuestros días más oscuros, la Felicidad se aleja como algo que huye de nosotros, que nos quiere dejar atrás, parece algo inalcanzable y tremendamente difícil de conseguir.

Buscamos de manera incesante nuestra felicidad en el trabajo, en las amistades, en las parejas, en aquello que nos rodea. Cuando todo desaparece por unas razones u otras, nos sentimos asolados por la pérdida y nos hallamos con un desagradable vacío interior difícil de describir. El apego que sentimos hacia todo ello, como si de una estaca se tratara, penetra violentamente en nuestro corazón y nos aleja de la tan ansiada Felicidad.

El ego, que se compone de múltiples caras, domina nuestra vida hacia la autodestrucción. Cada vez que el ego toma la batuta de nuestro día a día, nos alejamos un poco más hacia la tristeza, la insatisfacción, la frustración y la oscuridad. No comprendemos que, para encontrarnos y abrazarnos con la Felicidad, tenemos que volver hacia ese lugar del cual partimos, hacia aquello que es la fuente de toda vida y todo ser. Hacia lo más profundo de nuestro corazón, del lugar de donde realmente procedemos.

Cuando conectamos con la grandeza de nuestro ser, con lo más recondito de nuestro alma, con nuestro Dios interior, todo cambia. Somos más felices. Lo externo, que antes nos desestabilizaba, cobra una irrelevancia sin precedentes, y nos sentimos más satisfechos.

Acabamos de conectar con nuestra esencia, la esencia del Universo creador del cual partimos todos. Es entonces cuando, todas nuestras acciones, motivaciones y esperanzas se alinean con nuestro ser, con nuestra esencia, y todo empieza a fluir de una manera irreconocible.

Estamos, por fin, en sintonía con nuestra alma, con la vida. Nuestro interior emana esa potente y divina energía, la cual se impregna en todo aquello que nos rodea, llenando de luz a los demás y nuestro alrededor.

Acabamos, por fin, de sacar a relucir la Felicidad, la cual se encontraba oprimida bajo una piedra realmente pesada, el ego.

MALDITA SOLEDAD

MALDITA SOLEDAD

Maldita soledad. No sé por qué existes. Siempre jugando al escondite. Siempre apareciendo en el momento menos oportuno, aprovechándote de que estoy sólo. 

Maldita soledad. Odio que me hagas sentir frágil, que me hagas ver cuán vulnerable soy realmente. No soporto que me retes, que pongas en mi camino empinadas cuestas, que me impongas aceptarte.

Maldita soledad. Déjame tranquilo, devuélveme la paz. No me confundas, no me hagas más mal. 

Dichosa soledad. Tu insistencia acabará agotando mi energía. ¿Por qué ese empeño por buscar un resquicio en mi alma, en mi ser? ¿Por qué tambaleas mi interior, acaso pretendes perturbar mi felicidad?…

Ay, soledad… De acuerdo, tendré que dejarte entrar. No me puedo deshacer de ti, te tendré entonces que escuchar.

Bendita soledad. No sé por qué te adoro ahora. ¿Qué has hecho al dejarte entrar? ¿Qué interruptor has pulsado? ¿Por qué ahora no te puedo dejar? 

Amada soledad… Cuánto me has enseñado, cuánto te debo. Qué agradables momentos hemos pasado. Qué equivocado estaba, querida soledad. 

No eras tú el problema, era yo el que no te quería aceptar. Amada soledad, gracias por acompañarme, gracias por estar.