Hace un tiempo tras salir de un examen, de manera inesperada, me topé con un adorable y precioso cachorro abandonado, atado mediante una cinta de plástico que se usan para marcar los límites en las obras. Ésta tensaba su cuello y lo mantenía con poco margen para moverse libremente. Su mirada era triste, pero a la vez inocente, sin saber muy bien qué era lo que estaba ocurriendo. Para él, debía ser un día más en su arrastrada vida, parecía que desde el comienzo de sus días el pobre no recibió el afecto ni la atención que se merecía.

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Al pasar a su lado nuestras miradas se unieron, sentí el contacto de nuestras almas. Sentí que debía llevarme a este animalito y buscarle un refugio y una familia que pudiera proveerle de todo lo que se merecía. Pedí una cuerda en la cafetería de al lado para rodear su cuello y dirigirlo de camino a casa. Eran las 2 de la tarde, hacía mucho calor y el sol pegaba con violencia, pero ahí seguíamos los dos, ilusionados por el cambio de vida que le esperaba a este tierno animal. Era tal la distancia que tuvimos que recorrer (4,3 km), que el pobre animal tuvo que parar a mitad de camino para oxigenar su cuerpo y que no cayera desmayado. Llegamos a casa y esa misma tarde le conseguí un dueño, pensando que sería responsable y que lo cuidaría muy bien. Pero me equivocaba, y al poco tiempo tuve que volver a quedarme con el perro.

Y es aquí cuando entro en materia. Tomé un café al volver a recoger al perro y me dispuse a llevarlo a un parque cercano, para que pudiera correr y relacionarse con otros perros si es que había alguien a esa hora y con ese calor asfixiante. Al entrar al parque no vi a nadie, pero según iba avanzando me topé con un joven de unos 30 años de edad, mochilero, que había interrumpido su viaje para descansar y meditar cuáles serían sus próximos pasos. Él también tenía una perrita muy cariñosa y amigable que inmediatamente hizo buenas migas con mi perro y jugaron todo el tiempo que estuvimos allí.

parque

El chico, de origen francés y con un nombre que no recuerdo al ser muy poco común, acariciándome con su cálida sonrisa me invitó a sentarme junto a él en el banco en el que descansaba, lo que dio pie a una agradable conversación de casi 2 horas de reloj.

Me contó su historia. En torno a los 22 años, dejó Francia y su familia para emprender la vida que siempre había querido vivir. Desde muy pequeño miraba fascinado a aquellos hippies y personas de la calle que iban vagando por ella, haciendo malabares y espectáculos callejeros para ganar algo de dinero que les permitiera seguir con su humilde vida. Su corazón le mandaba señales que le indicaban su innegable destino: ser un viajero aventurero, humilde, nómada y solitario. Y así es como lo vi. Tenía un aura especial alrededor de su cuerpo, emitía una energía limpia y agradable que te relajaba y te dejaba con ganas de saber más y más sobre su historia. Me contó que estuvo por América latina y que quedó maravillado con ese pueblo; era tremendamente hospitalario, humano y que acogía a todos aquellos que venían con los brazos abiertos, dándoles lo que tenían sin esperar absolutamente nada a cambio. Era gracioso cómo este amigo mío, el francés, empleaba palabras sudamericanas (lindo, ahorita..).

También le conté yo la mía, le informé acerca de lo que me ocurrió con el perro y sin dudarlo, me dijo:

“La magia está haciendo que te quedes con él, ese perro te pertenece”.

Esta afirmación despertó mi curiosidad y ahondamos en temas espirituales, metafísicos y sobre el devenir de nuestras vidas, sobre cuál es nuestro papel en ellas y sobre las señales que el destino nos pone en el camino.

Él estaba convencido de que el destino existía y era real. Sus experiencias a lo largo de esos 8 años viajando por todo el mundo le dejaron claro que nuestro devenir está “escrito”. Lo pongo entre comillas puesto que existe el libre albedrío,  que hace que seamos últimos responsables de nuestro devenir aunque la vida nos haga cruzarnos con personas o provoque ciertas situaciones.

Le comenté que estaba realmente sorprendido. Aquel día, a esa hora en ese preciso lugar, me topé con él, una persona muy sabia a pesar de tener tan poca edad y que me iluminó y enseñó tanto en tan poco tiempo. Le dije que quizás, el perro al que me sentía tan unido, me había llevado hasta él por obra del destino. Quizás estaba escrito que, ese día a esa hora y en esas circunstancias nuestras dos almas se encontraran y se intercambiaran luz, energía, amor y sabiduría. Además, tratamos el tema de las vidas pasadas y la reencarnación, tema en el que estoy inmerso últimamente y en el que él se había introducido sólo 3 días antes. Estaba maravillado, sentí que nuestro encuentro estaba premeditado.

Me dio importantes lecciones acerca del desapego, puesto que él se encontró a mucha gente a la que amó pero por el camino que tenía que emprender tenía que seguir adelante y decir adiós. Decía que, si la vida y el destino les tenía que volver a unir, ocurriría, por lo que no debía preocuparse acerca de la despedida aunque fuera dolorosa.

También compartió conmigo su misión actual. Estaba viajando por Europa aunque su deseo era vivir en América latina, lugar que le tenía profundamente enamorado. Me dijo que sentía en su corazón que tenía que recorrer los países europeos para predicar sus experiencias, su vida y para dar algo de luz a la gente con la que se topara. Parece que se trataba de un sabio que tenía que ir despertando a la sociedad, ya que él se había desprendido de todo lo material (dormía muchas veces en la calle), del apego, de la infelicidad y del miedo, entre otros. Aprendí que debemos seguir lo que nos dicta nuestro corazón, porque sólo él sabe qué es lo que queremos en la vida y hacia dónde nos debemos dirigir.

Llegó el momento de despedirnos. Fundimos nuestras manos en un cálido y amable adiós, agradeciéndonos el momento que ambos habíamos compartido, reflejando una alegría visible por lo que habíamos aprendido el uno del otro y nos marchamos.

adios

Finalmente, conseguí encontrarle un hogar al adorable e inocente perro, me quedo algo tranquilo pero también apenado. Al darlo sentí que entregaba una parte de mí, un alma gemela, un compañero de viaje con el que quería estar. A medida que me alejaba tras entregárselo a su nuevo dueño, oía sus ladridos lamentando nuestro adiós. La pena me envolvió inmediatamente. Pero, si de algo estoy seguro, es que a ese perro jamás lo olvidaré.

Me acompañó de manera genuina y profundamente amorosa esos días que lo tuve y, quizás por obra del destino y porque ese era su cometido, me llevó hasta un joven francés sabio que me dio más luz para seguir mi camino en el desarrollo personal. También me enseñó  que hay que saber decir adiós en la vida. Por mucho que tu corazón se niegue, muchas veces es inevitable despedirte de esa persona o ese ser que tiene que seguir su camino hacia otro lugar. Por ello, me quedo con esos maravillosos días que pasé junto a él, espero que sea feliz en su nueva vida.

Graciasa ti, Luke, por hacerme creer en el destino.

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