Hasta hace un momento, estaba viendo la película ‘El cambio’, de Wayne Dyer, uno de los padres del desarrollo personal. La magia que contiene su mensaje, estaba conectando con mi interior y me hacía experimentar una paz maravillosa. En un instante, hablaba sobre un hecho que cambió su forma de relacionarse consigo mismo, un hecho que supuso un punto de inflexión en su vida. Una especie de despertar, en el que sintió una intensa energía en su interior contactando con el ambiente. Sentía una grandeza difícil de explicar.

Esto me ha llevado hasta aquí, hasta este nuevo post, que ha nacido de esa escena de la película. Recuerdo cuando, hace poco más de un año, decidí salir de casa un verano alrededor de las 4 de la tarde. Sí, muy mala idea a priori, pero después de lo que me ocurrió, sin duda, fue de los mejores impulsos que he materializado en mi vida.

Era una de las pocas veces que salía solo, sin nadie, conmigo mismo. No estaba acostumbrado. Siempre quería rodearme de gente, sentía que salir sólo era algo muy raro y me causaba incomodidad. Pero ese día, no sé por qué, tomé esa decisión.

Decidí espontáneamente entrar en el Real Alcázar. No había cola. Me extrañaba, siempre había gente esperando para entrar. Cuando reparé en la hora que era,

Una vez dentro, me dirigí a los jardines. Estaban vacíos. Yo, que nunca salía a dar paseos solo, un día de verano a las 4 de la tarde, sin saber muy bien por qué me encontraba allí, había decidido tras un instinto ir hacia este lugar, con la naturaleza rodeándome.

No sentía mucho calor, sin embargo. En ese lugar, tan resguardado con esas enormes murallas, con tanta vegetación y zonas de sombra, se estaba muy a gusto. Comencé a andar por los caminos que estaban dibujados sobre el suelo, entre los mares de césped que los rodeaban, milimétricamente cuidados. Corría, incluso, una leve pero agradable brisa, algo fresca, que me rodeaba y refrescaba. A su vez, los resquicios de las murallas dejaban penetrar algunos rayos de sol, que se proyectaban sobre el camino. Parecía que me estaban guiando por los jardines. También, éstos, me daban en la cara y calentaban mis mejillas. Era una sensación realmente placentera. Mi mente rebosaba quietud, se zambullía en el momento presente.

Fue entonces cuando, sin esperarlo, ocurrió algo muy poderoso dentro de mí, algo que no había experimentado antes. Sentí una felicidad que jamás había sentido. Parecía como si me hubiesen dado una potentísima descarga, un chute de energía. Estaba feliz, estaba muy a gusto. Yo, solo, disfrutando conmigo mismo. La intensidad de esa emoción era tal que, con un asfixiante nudo en la garganta, pude contener las lágrimas, las cuales estaban deseando salir de su escondite y caer a lo largo de mis mejillas. Me vino a la cabeza un pensamiento que me sorprendió bastante: me dio igual todo. Me daba igual el dinero, los estudios, lo que lastraba mi interior. Sentí una pureza y una dicha increíbles.

Fue entonces cuando tomé consciencia de que había hecho muy bien en salir de casa, haciendo caso a mis impulsos. Ese día cambió mi vida y la relación que había entre mi ser y el entorno.

Tras esa inolvidable experiencia, me dispuse a finalizar la aventura y a salir de aquel lugar celestial.

Entré siendo una persona, y salí siendo otra.

Allí, aquel día, en aquel lugar.

Allí, donde tuvo lugar Mi Despertar.

 

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